El emprendedor Gustavo Junovich vino a
Montevideo para hablar sobre el modelo de innovación israelí como parte de un
programa del gobierno de ese país
Con solo 70 años de vida como país; inserto
en un vecindario convulso que, entre otras consecuencias, lo limita
económicamente; y con 60% de su territorio desértico, Israel es hoy un modelo
de estudio en términos de innovación y desarrollo.
Basta ver algunos números para reconocer
que allí ocurre algo especial: es el tercer país con más empresas en el índice
de Nasdaq; es el que tiene más universitarios per cápita, que a su vez producen
más artículos científicos que sus colegas de otros lugares; es el tercero en
producción de patentes al año; es el país que más invierte en ciencia y
tecnología en el mundo (4,5% de su PBI; EEUU, por ejemplo, destina 2,8% y
Uruguay 0,4%), y con más de 4.000 start-ups —fruto de capitales privados y
públicos— tiene la concentración más alta de empresas hi-tech del planeta,
detrás de Silicon Valley. Por esto último, en particular, lo llaman
«Start-up Nation».
Y si aún es necesario citar ejemplos
concretos, el pen-drive, el sistema de riego por goteo, la primera depiladota
eléctrica, el sistema de conducción autónoma Mobileye y más recientemente la
app Waze, son algunos de los inventos israelíes más conocidos.
Este éxito se ha atribuido al modelo de
innovación israelí, que ha sido objeto de análisis desde hace años y que esta
semana fue protagonista de una conferencia organizada por la Universidad ORT
Uruguay y la Embajada de Israel en el país. El expositor fue Gustavo Junovich,
un emprendedor de 33 años que llegó a Montevideo en representación de un
programa impulsado por el Ministerio de Absorción e Inmigración de Israel.
Este programa se basa en el trabajo de
pequeñas delegaciones integradas por tres representantes de diferentes áreas
—innovación, religión, arte, gastronomía, entre otras— que recorren el mundo
para conectar a Israel con las comunidades judías de otros países.
En particular, este año Junovich
—argentino, técnico aeronáutico, ingeniero en Comunicaciones y fundador de Atid
(futuro en hebreo), una empresa de asesoría y consultoría en innovación con
base en Ecuador (donde vive)— se dedicará a viajar por la región para contar de
qué se trata el modelo de innovación israelí.
Luego de dictar una charla en la
universidad en la que habló sobre cómo el país salió de la crisis de los 90,
qué distingue a las políticas en innovación israelíes y al espíritu emprendedor
de sus habitantes, Junovich dialogó con El Observador.
Con frecuencia se habla de innovar pero
muchas veces no se sabe bien de qué se trata. ¿Qué es lo que caracterizar
realmente a la innovación?
Decir que una empresa es estable no es
real. Una empresa va para arriba o para abajo, y la innovación es una herramienta
para diseñar estrategias, productos o procesos para no caer. Pero este proceso
es de largo plazo, y esperar no es algo a lo que estemos acostumbrados. La
realidad es que los productos que tenemos ahora insumieron miles de
horas-hombre para crearlos, construirlos y probarlos en el mercado hasta
masificarlos.
Para innovar hay diferentes metodologías:
una es el design thinking, característica de EEUU, que se basa en crear
productos o servicios disruptivos pensando que no hay límite de recursos. Pero
en la región estamos muy lejos de poder hacer eso. No tenemos recursos
ilimitados. No tenemos millones de dólares disponibles.
Tampoco en Israel, por ejemplo, donde no
hay recursos naturales. Por eso usamos la creatividad a partir de lo que ya
tenemos, y damos valor a algo ya existente. Y eso sí está más aterrizado a la
región.
En los años 80, Israel tuvo una crisis
económica muy grande y además recibió una gran migración: llegó 25% de su
población en un año. Hoy en la región está pasando algo similar y no se sabe
qué hacer. Israel tomó decisiones político-financieras y optó por aportar
capital de riesgo a emprendimientos, sobre todo de base tecnológica, porque vio
el crecimiento exponencial que podía tener ese sector.
¿En qué momento Israel tomó esa decisión?
En los 80 y 90 cuando cayó la URSS, e
Israel recibió a muchos migrantes, muchos de los cuales eran científicos y
gente preparada. Lo que hizo Israel fue darles herramientas, armar empresas.
El Estado decidió poner plata pero también
los privados, e incluso se modificó la legislación para impulsarlo. De a poco
la gente empezó a ver que servía, pero eso fue a partir del 2000, llevó 15
años. Hoy ya no para, mes a mes las cosas cambian y hay cada vez más cosas.
Chile está haciendo algo así ahora, pero el
problema es que son planes a largo plazo y es difícil de ver.
¿Es extrapolable el modelo israelí a otras
sociedades?
Sí, el modelo es tropicalizable, como se
dice a la adaptación de un producto a otro territorio. Hay bases, por supuesto.
Si pensamos en una sociedad que no tiene 70 años sino 3.000, como el pueblo de
Israel, hay cosas que no se pueden cambiar, pero otras sí. Colombia lo ha
hecho, por ejemplo, en Medellín más que nada.
¿Qué ha hecho?
Se ha capacitado, ha aplicado metodologías,
ha traído profesionales de Israel. Algo interesante es que a veces uno espera
que el gobierno haga las cosas. Pero en muchos lugares la base de la pirámide
es la que empieza a hacer los cambios, y cuando los políticos lo ven comienzan
a actuar.
¿Pero qué puede hacer el ciudadano común?
Participar, organizar charlas, hacer
networking y colaborar con aquellos a los que les va bien. Por eso se llama
«ecosistema innovador», porque supone tirar todos para el mismo lado.
A veces en América Latina no tenemos puesta la camiseta del país sino de
nuestra empresa. Hay que tratar de dejar eso y jugar todos el mismo juego.
¿Y qué valor tiene pensar a nivel país?
Estamos acostumbrados a decir que me va
bien cuando al otro le va peor. Pero la base de la innovación y de un programa
productivo es la colaboración, es el win-win. Es verdad que cuando hacemos
colaboraciones podemos ir más lento, pero si ganamos todos vamos a ganar mucho
más.
Pero el problema que señala es la
idiosincrasia de la población. ¿Se puede cambiar eso y aprender a ser
innovador?
Innovar no es un don, es algo que se
aprende. Hay gente que se la tiene que jugar y decir ‘voy a dejar el ego de un
lado’. Hay que buscar a esos actores, aquellos que tengan buena relación con
los demás, para que organicen actividades, incluso más allá de lo empresarial.
Si hay mucha gente en esos círculos eso genera presión, y en algún momento va a
salpicar a otros.
Para mí lo más importante es dejar esa idea
del estrellato y animarse a colaborar. Israel se juntó con Corea del Sur,
Singapur, Alemania, EEUU. Pero eso en América Latina no está sucediendo, cada
uno quiere hacer su propia fórmula y eso no ayuda. Primero es necesario darse
cuenta de esa necesidad.
¿Qué ventajas tiene Uruguay para aplicar el
modelo israelí?
Uruguay tiene similitudes en términos de
prueba de mercado. Israel no puede relacionarse comercialmente con ninguno de
sus vecinos, y entonces cuando hay nuevos productos debe probarlos en el país
para confirmar que lo creado es un modelo exitoso. Después piensa en China y
otros mercados.
Uruguay está entre dos grandes vecinos y
cuando alguien tiene una idea o un emprendimiento piensa que no va a poder competir
o va a ser difícil entrar en esos lugares. Pero no hay que ver el tamaño como
un problema sino como una oportunidad. En Uruguay es posible probar fácil y
barato, y si un producto funciona aquí es más fácil escalar después. Si alguien
quiere probar en Brasil debe quemar mucha plata inicialmente en algo que puede
no funcionar.
Ecuador es muy parecido a Uruguay en ese
sentido. Allí, por ejemplo, fue el primer país donde se probó Wase en América
Latina. Una vez que vieron que ahí funcionaba se expandió a la región.
Considerando entonces que el proceso de
transformarse en un país innovador es gradual, ¿cómo se detecta que ya es una
realidad?
Cuando empieza a haber empresas que en poco
tiempo tienen un valor exponencial y que además tienen un impacto social. Es
decir, no solo alcanza con que la empresa se haga rica sino que a la vez, con
sus productos o servicios, debe ayudar a la sociedad de alguna forma.
Gustavo Junovich y el modelo de innovación israelí.
02/May/2018
El Observador- por Daniela Hirschfeld